Sobre mí
Soy un narrador de historias. Y un benefactor. Y un amante, y un asesino, y alguien triste y derrotado, y un payaso y un bufón. Pero también soy —o he sido— hijo, hermano, marido, padre, periodista, coach, maestro y aprendiz. Ser humano.
Soy todo eso y mucho más. A lo largo de los años he reído, he llorado, he amado, he hecho daño, me lo han hecho, me han hecho bien, he aprendido, he enseñado, me he tropezado y me he levantado.
También he dado tumbos, especialmente en mi adolescencia (como cualquiera de nosotros). Fue entonces cuando aterricé en la literatura sin haberlo pronosticado. Compuse mis primeros textos para presentarme a los concursos literarios de mi instituto. Probando estilos, le cogí el gusto a los relatos breves, que me permitían desarrollar ideas y ver los resultados de forma rápida. Me aficioné por el realismo mágico y por las historias fantásticas, con las que me podía evadir de una realidad que percibía como dolorosa y aburrida, cargante y corrupta.
No me da la sensación de que estas cualidades de la realidad hayan cambiado, pero sí que lo ha hecho mi forma de afrontarlas. Aunque esa es otra historia.
Algunos cuentos nacieron en ese momento, hace ya más de treinta años. Allí surgió, por ejemplo, El sueño del roble, un relato que aún siento vibrar en mi interior. Al mismo tiempo, reconozco en él una versión de mí más tierna y soñadora, o puede que menos conocedora de los límites de la vida. Lo que más me ilusiona, en cualquier caso, es comprobar que esos sueños no se apagaron del todo y que siguen ahí. Aunque esa también es otra historia.
Con el tiempo, me zambullí (como cualquiera de nosotros) en el reto diario de sacar adelante una familia, progresar en el trabajo, llegar a fin de mes y hallar desahogo en actividades que me distrajeran de los quebraderos de cabeza cotidianos. Y me olvidé de escribir.
Así estuve durante casi tres décadas, con mi pasión completamente dormida. No lo lamento. No le veo sentido a quejarse por el pasado cuando soy incapaz de viajar hacia atrás en el tiempo y cambiar las cosas.
Dejar de escribir no fue una decisión planificada; volver a escribir tampoco. Un día mi vida dio un vuelco y todo se puso del revés; las estructuras que había construido y mantenido durante lustros se desmoronaron de golpe, como una torre sostenida por telarañas. De repente, me encontré mirándome en el espejo e intentando recordar quién era.
Volver a examinar mis valores y mis motivaciones me ayudó a replantear muchas cosas. Empecé a viajar y a ampliar mi círculo de amistades y conocidos. Conocí a personas interesantes y maravillosas, y las nuevas experiencias hicieron que me sintiera extraordinariamente vivo y conectado con todo. Que aprendiera a estar más presente, aquí y ahora. Que recuperara esa mirada del niño que se maravilla con un milagro cotidiano. Aunque esa es, de nuevo, otra historia.
Y así fue como un buen día cogí el lápiz y la libretita que siempre me acompañan a todos lados y, sin haberlo previsto, empecé a escribir unas palabras: «Cuando llegó la feria de curiosidades al pueblo, despertó el interés de toda la gente». El resto, o mejor dicho la continuación, forma parte de un libro.